La mercería, entre botones y comercio minorista

¿Existen las mercerías fuera de Buenos Aires, fuera de Argentina?. Esos pequeños locales especializados en cosas y cositas innecesarias indispensables: botones, cintas, anilinas, cordones, hilos, elásticos; tintas, encajes, centímetros, telas y lanas.

Este sábado empecé a caminar en busca de un elástico de color para hacer tiradores, ya que a la noche tenía una fiesta de disfraces. Tenía que ir a una mercería, ¿dónde más podría encontrar lo que andaba precisando?. Cuando llegué al local –y para mi sorpresa–, estaba repleto de personas. Yo había sacado el número 25 e iban por el 13.

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Una nena queriendo comprar un elástico para saltar dándole indicaciones a su mamá de cuan ancho debía ser, una mujer pidiendo un mendafácil para emparchar la bermuda gris de su hijo, otra señora encargando alfileres: “una docena de esas chiquititas de punta”, le dijo al señor del otro lado del mostrador. Había jóvenes, mamás e hijas y una señora con bolsas del supermercado. Ningún hombre de compras, salvo un nene en brazos y el señor canoso que atendía el local dando indicaciones para todos lados. Una mujer pidió metro y medio de tela azul.

El negocio era angosto y sus paredes estaban cubiertas de armarios y estantes. Cajas forradas de papel deslucido con rótulos a mano, latas redondas, hilos colgando, cajones con botones pegados (me encantan los botones), vidrieras con lanas hechas ovillo. Un exhibidor de anilina Colibrí, muestras de telas navideñas y bobinas de cintas de colores brillantes. Todo era texturas.

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Pensé en mi tía abuela y en mi abuela. En sus máquinas de coser, sus tarros blancos repletos de hilos, dedales y restos de tela. En mis vestidos con cuello y en los dobladillos de mis pantalones. En mi tía enseñándome a coser botones sobre una tela celeste. Ir a la mercería era ir a buscar algo que ellas precisaban, era acompañarlas, era preguntarles qué habían hecho hoy y saber que dentro de la rutina se encontraba pasar por aquel lugar.

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Me sorprendió que el local estuviese lleno de personas porque pensé que eran pocas las que aún compraban en pequeños negocios. Ese sábado la mercería tenía vida, tenía colores. Si bien emanaba un cierto aire anticuado, a naftalina, allí estaban todos aquellos visitantes en busca de alguna cosita que (¿sólo?) ese tipo de local podía ofrecerles.

Entre tanto shopping e hipermercado, tanta cadena mayorista, tanto anonimato, me gustó reconocer como el pequeño comercio sobrevive en la ciudad, en Buenos Aires. Desde la especialidad de su mercado y la cercanía. Desde la experiencia, desde el consejo amigo. Desde la resistencia. Muchos se extinguieron (pensaba en el local de galletitas que había a la vuelta de mi casa cuando tenía 7 años, cómo el dueño pesaba los anillitos de colores y me los daba en una bolsita), pero algunos sobreviven (con esfuerzo, seguro) para mostrarnos que otro tipo de intercambio, de comercio, de relación vendedor-comprador es posible. Ya sé, estoy vieja.

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Al final llegó el número 25 y el vendedor me preguntó que precisaba: le dije que un elástico para hacer tiradores. Me mostró todos los colores y me ayudó a que me decidiese por el lila claro. Probamos la medida y me aseguró que con 2 metros me iba a alcanzar. Le agradecí su amabilidad y me fui contenta con el elástico enrollado dentro de una bolsita de papel madera.

 

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Tiradores Payaso